Este es un blog de poesías y canciones hecho puramente por placer. Espero que lo disfruten tanto como yo. Todo lo escrito aqui es de MI autoría. EL que lee, entienda que muchas veces tenemos que ponernos en pieles ajenas para escribir desde otro lugar, lo cual es muy interesante y constructivo. Queda hecho el depósito que marca la ley 11723.
miércoles, 11 de febrero de 2026
La tejedora
Había una vez una mujer que tejía. Se miró en el espejo y decidió que ya no se gustaba. Entonces se empezó a fabricar. Se fabricó una peluca primero. Era larga, muy larga. Y le tapaba la cara y parte del cuerpo. Después fabricó unos lentes oscuros muy grandes y se los puso. Luego se fabricó unos kilos y se los puso. Después se fabricó varios kilos más para taparse los kilos que le habían quedado fuera de lugar. De pronto sintió frío. Estaba desnuda. Entonces tejió un gorro para ponerse sobre la peluca. Despues tejió ropa interior, no era muy delicada, pero la cubría. Más tarde, tejió una polera con el cuello muy alto. Un pantalón largo, medias, un suéter y un par de pantuflas. Se vistió con todo eso y se volvió a mirar al espejo. Ahora no sólo no sé gustaba, sino que no se reconocía. Levantó una mano y su irreconocible imagen reflejada hizo lo mismo. Saco la lengua y una vez más la persona en el espejo la imitó. Empezó a saltar. Se le cayó la peluca. Después los lentes, la ropa y los kilos. Estaba desnuda de nuevo. Pero ahora se gustaba. Se aceptaba por lo menos. Se dijo, voy a dejar de tejer. Pero no pudo. Tejió un vestido liviano con hilos de tiempo. Se dió cuenta y evocó sus años de juventud. Ya nada volvía. Eso que no pudo ser mientras ella estaba tejiendo, ya nunca sería. Todo ese tiempo que perdió tejiendo para ocultarse de si misma, ya no volvió. Nada de lo que es pudo cambiar. Un manojo de sueños. Un ramo de lágrimas, gozo y esperanza. Un montón de cenizas perfumadas esparcidas en el viento. Ella sentía que después de despojarse de su coraza, se estaba destejiendo. Y ya no podía parar. Pero tuvo que terminar de destejer. Cuándo la hebra desapareció entre su pulgar y su índice, quiso mirar el espejo. Quiso mirarse. Pero no pudo. Ya no estaba.
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