lunes, 26 de enero de 2026

Maldita iglesia

Caminaba por la calle, sucio, con olor a orín de tres días, hambriento en busca de un porro para calmar su abstinencia. 
A lo lejos escuchó un sonido molesto para sus oídos. "Esa iglesia", pensó. Esa molesta y maldita iglesia. 
Molesta, más molesta que el hambre que le apretaba las tripas y el cerebro. 
Más molesta que el olor que lo rodeaba.
Maldita cómo la calle que le robaba el hambre. 
Incluso muchísimo más molesta que ese síndrome de abstinencia que advertía la llegada  de un ataque de ansiedad. 
Y de pronto sucedió. Se levantó de su letargo con un descuido que lo asustaba. Empezó a deambular, errante, por los pasillos de esa calle sucia que se había tornado en su hogar, y despertó. Cómo quién despierta de una terrible pesadilla. Se había quedado dormido en medio de la vereda. Lo despertó un aroma a sopa que le  recordaba el guiso de su mamá. 
Un poco atontado abrió los ojos como platos.
Y empezó a comer desesperadamente. El hambre dió paso al mono abstinente que lo seguía interpelando. Un hombre le dió la mano y lo llevó hasta un lugar donde pudo bañarse y dormír. Pudo descansar. Se despertó nuevamente. Esa maldita iglesia. De nuevo. Molestos. Oraban oraciones sin sentido. Cantaban alabanzas con  ese sonido tan molesto. Leían salmos tan desagradables como el mono que le sonreía mientras lo miraba socarronamente y le decía: Huí!! Otra vez acá??! Por poco te obligan a ser como ellos. Y un hermano se acercó y, como si fuera la última bocanada de esperanza, le presentó al Rey.
Y se fué,  a veces se iba, pero ahora sí se fué, se fue a surcar otros mares de los cuales ya no volvió, había un Dios allá. Un Dios que lo miraba con paz, le sonrió, y le dijo "Bienvenido". 


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